Editorial: Reflexiones navideñas…

Mientras desayunaba, me puse a observar el arbolito que armé para mi pequeña. Durante muchos años, no quise arbolitos: Las Fiestas para mi, eran fechas tristes en la que no podía evitar sentir un hueco en mi alma al ver tantas sillas vacías, tantas ausencias que dolían. Si en casa había algún tipo de decoración, era porque mi mamá se había encargado de ello. Pero todo cambió cuando llegó la bebita -mi Emma- a nuestras vidas: Ella trajo alegría a esta familia rota y las Fiestas volvieron a ser Felices. Pensaba todo eso mientras miraba el arbolito, y estaba orgullosa del resultado: Bolitas en diferentes gamas de grises y plateados, que iban a brillar cuando encendiera las lucecitas. Guirnaldas al tono. Ni muy chico ni muy grande, el tamaño perfecto! Todo muy elegante y armonioso. Es que por mi profesión, estoy acostumbrada a los detalles, al diseño, a combinar colores y accesorios hasta de las cosas más comunes. Pero lo seguía mirando, y sentía que algo faltaba. Me gustaba… pero no. Algo estaba mal. Es un arbolito precioso… pero SIN ALMA.

La respuesta llegó a los pocos días, en una caja navideña que encontré en el altillo. Y con ella, un recuerdo: Cuando éramos niños, mi mamá también decoraba los arbolitos con buen gusto y estilo. Pero luego dejaba que mi hermano y yo, con nuestras manos brujas, le diéramos “nuestro toque personal”Y en dos minutos le colgábamos todo lo que encontráramos: bolitas multicolores de distintos tamaños, las tarjetitas que me regalaba Laura Kruger -una compañerita de primaria-, las nueces con mensaje secreto que nos daba mi abuelo (y que casi siempre escondían algún billetito en su interior), los muñequitos navideños que hacíamos en el colegio, las cartulinas con forma de botita que nos daban las seños para fin de año. Además, una bolita de vidrio, de las antiguas, heredada andá a saber de qué antepasado. Un corazón azul, que era mi preferido. Y hasta una figura de metal de los sobrinos del Pato Donald, que no tenía nada que ver, pero que nos encantaba. Y no, no era elegante. Más bien, era un cachivache de colores y formas. O sea, era un verdadero y hermoso arbolito navideño…Y éramos felices. Muy felices. Y entonces, desperté.

Decidí que quiero que la niña que llevo dentro mío le gane a la “señora” en la que me convertí. No quiero olvidar nunca lo que es caminar descalza sobre el pasto y la arena. Que las milanesas con papas fritas le remil ganan al plato de autor del restó más caro. Quiero recordar todos los días que lo perfecto es aburrido y que lo anormal, no existe. Voy a seguir viviendo en mi mundo de diseño y accesorios combinados, no puedo evitarlo, pero sin olvidar jamás que lo importante se encuentra en lo más simple.

Querida hija: El año que viene mamá va a comprar un arbolito más grande, al que vamos a decorar juntas con todos los colores y figuras que quieras. Porque la felicidad no entiende de elegancia ni de estilos. La felicidad es multicolor. Y brilla mucho!!!