Arte: Los lí­mites y sus porosidades cobran forma en la Embajada de Brasil

aperturaEn Arroyo 1142, los visitantes pueden ingresar en forma libre y gratuita, de lunes a viernes, de 11 a 18, para ver la exposición de este artista nacido en 1961 en la ciudad brasileña de Santana do Livramento, en el borde con la uruguaya Rivera, donde se crió hablando portuñol, bailando candombe y candomblé, atendiendo a santos cristianos y yorubas.Según informa la Agencia de noticias Telám, ese espacio de encuentro entre fronteras es el que marcó todo el trabajo de Dalinha, de hecho, su nombre hace referencia a una línea que se vuelve difusa entre dos lados y a ese espacio común y autónomo que se conforma en consecuencia, como pueden ser el español y el portugués y su sincrético portuñol.

“Toda esta muestra -39 cuadros realizados sobre papel producido artesanalmente con técnicas milenarias y distribuidos en cinco series a lo largo del Espacio Cultural de la embajada- es un viaje iniciático, una búsqueda espiritual que utiliza la frontera como grieta, puerta y pasaje a otros planos”, explicó a Télam su curadora, María Pimentel.

Esa búsqueda espiritual que condensa tradiciones del sufismo, el cristianismo esotérico y el budismo zen entre otras doctrinas religiosas, “es transmitida a través de la materia que trabaja Dalinha, en los negros absolutos de sus cuadros salpicados de cristales que condensan la luz”, resumió Pimentel.

La muestra comenzó en el taller que mantiene desde hace dos años en el barrio porteño de Belgrano y se completó con la producción que alberga en el taller que montó en Berlín el mismo año de la caída del muro, 1989.

“No hay nada casual” para él, llegó en enero a la capital de la entonces República Democrática Alemana y en noviembre cayó el muro, dando inicio al proceso de reunificación, “mi trabajo tiene mucho de eso -reflexionó-, yo soy un espécimen de la frontera, un border”.

“Cuando llegué a Berlín -rememoró- vi prácticamente lo opuesto a mi ciudad natal: dos ciudades divididas por un muro perteneciendo al mismo país”.
El pintor nació en Santana do Livramento, que limita con Rivera, “dos ciudades juntas perteneciendo a países distintos, donde ni la lengua los separa porque tienen un dialecto común, el portuñol, que es a su vez pasaje, ruta común y frontera unificadora”.

El soporte rugoso y fibroso de varios cuadros es el papel antemoro con el que el artista dio de manera azarosa hace casi un cuarto de siglo, cuando en 1990 visitó por seis semanas la isla africana de Madagascar.

“Fue un hallazgo indirecto -contó-, paseaba por un mercado de Antananarivo (capital malgache) viendo objetos confeccionados en papel y uno de ellos me interesó por su textura; por suerte tenía un muy buen guía y traductor que me contó que era el antemoro, parte del tesoro cultural de ese país insular”.

“La responsable de ese papel -reseñó Dalinha- es una tribu muy pequeña que habita la costa sudeste de la isla, de tradición milenaria”.

“Ellos estudiaban el Corán, sabían mucho de astronomía, plantas medicinales, matemática y escribían esos conocimientos sobre el papel para pasarlo a las generaciones futuras, creyendo que poseía propiedades mágicas, pues su pulpa seca a la luz del sol y de la luna, absorbiendo la energía de esos dos elementos”, resumió.

Mientras que el fondo homogéneo de los cuadros más oscuros, los que juegan con el pasaje de la oscuridad a la luz desde una mirada Zen, según Pimentel, están realizados sobre cartulina italiana tradicional, favini, la que se realiza con hilo fino y estirado en la región del véneto, al noroeste de la península, muy cerca de Vicenza.

“El antemoro responde de manera natural a todos los impulsos que le das -se arruga, te da una textura, es vivo, describió- pero el favini no, por eso lo usé para los negros y lo compensé trabajando como un albañil: con la maza, la espátula y una mezcla de arena minera, cuarzo, óxido negro de hierro y emulsión acrílica”.

En otra de las salas del Espacio Cultural se puede ver lo que Pimentel denomina jeroglíficos, o los trabajos sobre símbolos de Dalinha, a los cuales aconseja “apreciar con la sala prácticamente vacía, porque genera un silencio en el ambiente”.

Ahí aparecen los colgajos o grietas con que “simboliza el pasaje a otros planos de conciencia, las puertas, un lugar de poder que toma de la cultura tolteca”, indicó la curadora, a lo que Dalinha añadió que antropólogo y escritor peruano Carlos Castañeda (1925-1998) decía “que sus chamanes eran capaces de originar pasos entre dimensiones, y los colgajos le dan consistencia a esas grietas”.

Y más allá se concentran la síntesis final, los collages, “donde se funden los dos, el antemoro y el favini, el portuñol, la frontera”, concluyó Dalinha.